¿Trump e Israel quieren las Malvinas?

El presidente Javier Milei sorprendió con una cadena nacional durísima contra empresas inglesas que operan exploraciones petroleras en la plataforma marítima argentina que rodea a las Islas Malvinas, área en disputa con Gran Bretaña desde hace casi dos siglos, y en especial a partir de la  Guerra de 1982.

Amenazó con castigar a las empresas que negocien con la administración kelper, impidiéndole invertir y hacer negocios en Argentina, lo que provocó un debate internacional, bajas en las cotizaciones de bolsas de esas empresas. Y una crisis de las fuerzas de oposición nacionales, que oscilaron entre un tenue apoyo y críticas diversas, en general apuntando al “cambio” de Milei, que pasó a una determinación malvinera y soberanista desconocida desde la admiración a Margaret Thatcher y su concepto de respeto a la decisión de los kelpers (el viejo argumento colonialista inglés de utilizar un “derecho a la autodeterminación” que no reconoce a sus propios súbditos irlandeses, pero aplica a un enclave colonial  injertado artificialmente hace dos siglos), .

En particular, el peronismo en sus diferentes variantes, sintió que le “marcaban la cancha” distinto. Y pasó a vociferar su incredulidad (que por supuesto compartimos) respecto al cambio del libertario.

Una nueva realidad

El suceso de la bandera en la cancha luego del triunfo argentino ante Inglaterra en el Mundial, marcó un giro de la situación. No es que los jugadores provocaron ese cambio; en verdad, ellos fueron los “mensajeros” de un sentimiento que surge de las profundidades de las mentes y corazones de millones de argentinos. Los mismos que esa noche poblaron las plazas del  país, gritaron contra los piratas y enseñaron a sus hijos y nietos lo que la “desmalvinización” de todos los gobiernos de la “democracia” les intentó ocultar: un pedazo del suelo argentino está colonizado, y no hay por qué olvidarlo.

Parte de esos millones salió el 6 de agosto a las calles, aprovechando diferencias entre los representantes capitalistas, y enterró lo esencial de una Ley de extranjerización de la tierra, un mandato de Donald Trump y el sionismo hacia el gobierno argentino, como parte de su proyecto de adueñarse completamente de la Argentina y toda América Latina.

En un año electoral, baja en las encuestas y un aislamiento creciente, esto conmovió al gobierno, y lo dejó paralizado. El “efecto Malvinas”, como un fantasma, se irguió frente a la entrega y el saqueo.

La política de Milei

Milei “sacó de la galera” estas medidas, intentando retomar la iniciativa política. 

No creemos una palabra de su patriotismo. Si de verdad pretende frenar la explotación petrolera (y debería también hacer lo mismo con la ictícola y otras), tiene que empezar por expropiar inmediatamente las empresas que operan en Malvinas así como las compañías inglesas en el territorio continental, comenzando por las de su mentor Eduardo Elsztain, así como las estadounidenses cuyo gobierno apoyó a Thatcher durante la guerra. Si fuera así, estaríamos junto al pueblo argentino en primera fila en la defensa de esas medidas contra los piratas, y reclamando mucho más. 

Aún así, exigimos el inmediato cumplimiento de las sanciones, sin dilación. Junto a la definición pública, a la vez, de que no habrá acuerdos con EEUU e Israel en ningún sentido, especialmente en el terreno militar. Comenzando por la prohibición de utilización de la base en Tierra del Fuego, y del Estrecho de Magallanes para cualquier objetivo militar. 

Lo que  impulsó a Milei

Hay “oportunismo” en las medidas. Pero no es ese el móvil central. Si fuera eso, y más allá de los móviles, estaríamos ante una medida relativamente “progresiva”.

Lo mismo la versión de que Milei se habría “envalentonado” por las declaraciones de Trump sobre un “cambio de posición histórica de apoyo a Inglaterra” en el marco de sus críticas al gobierno laborista por la falta de ayuda en Irán. O las del ministro de Seguridad de Israel, el ultraderechista Ben Gvir, que reclamó a Benjamín Netanyahu el reconocimiento de la soberanía argentina sobre Malvinas. 

No es que esas declaraciones hayan “envalentonado” a Milei. 

Es necesario salir de la superficialidad, comenzando por comprender qué significan esas declaraciones de Trump y parte del gobierno israelí. 

Un mundo en cambio y disputa

Esto solo puede entenderse como parte de un mundo en movimiento, con centro en la pelea interimperialista entre EEUU y China.

En ese contexto, Trump definió su Estrategia de Seguridad Nacional de EUA, y su objetivo de fortalecer su dominio, en especial sobre América Latina, por encima de los viejos órdenes de la OTAN, la ONU, etc. Parte de esa política es el control tanto de las franjas de los polos norte y sur, como de los pasos interoceánicos.

En Argentina, presionaron hasta erradicar la presencia china en Tierra del Fuego y la pertenencia de nuestro país al sistema BRICS. Y su reemplazo por una “Base Integrada” con presencia norteamericana, la declaración de “bien común” del Atlántico Sur con un acuerdo de vigilancia compartida, el control del Estrecho de Magallanes, y el acceso a la Antártida. Un objetivo simétrico al que lleva a Trump a disputar Groenlandia con Dinamarca.

Detrás de estas declaraciones de Trump y funcionarios israelíes, está el proyecto de someter al servicio de EEUU y su socio Israel zonas estratégicas del hemisferio, que ahora están bajo dominio europeo. Hay un intento de “barajar y dar de nuevo”, reforzando el control estadounidense. Junto a un intento de fortalecimiento de las Fuerzas Armadas argentinas para contar con ellas para la represión

Denunciamos estas declaraciones de Milei como una política funcional a los objetivos de su patrón Donald Trump, y sus amigos sionistas del Estado de Israel. Se trata de amagar “enfrentar” a Inglaterra, para que entregue parte del “paquete” a Estados Unidos. Eso es inaceptable, y debemos combatirlo.

La lucha por la recuperación de Malvinas es una tarea nacional, que solo la clase obrera tiene interés histórico y posibilidad real de asumir, apoyándose en quienes sí estuvieron de su lado en 1982: los trabajadores y los pueblos de América Latina