Hace décadas -desde la restauración del capitalismo en China e Indochina, Rusia y Europa Oriental, y
Cuba- parece inviable la propuesta socialista revolucionaria: la conquista del poder por la clase obrera –
que produce la riqueza- para colectivizar los medios de producción y de cambio y así desarrollar la
economía y cultura al servicio de las necesidades obreras y populares, hasta terminar con la explotación y
la opresión capitalistas, que hunden a la humanidad en aras de la ganancia empresaria.
Pero la revolución rusa demostró que es factible el socialismo y que no existe otra alternativa.
A fines del siglo XIX Rusia era un país imperialista atrasado, con mayoría campesina y e industrias
concentradas en San Petesburgo y Moscú, bajo el zarismo despótico, de terratenientes y burgueses.
Explotaba a obreros y campesinos -pese abolir la servidumbre en 1861- y oprimía nacionalidades.
En 1904 el ejército ruso perdió la guerra con Japón. El malestar estalló en 1905 con huelgas y
manifestaciones organizadas por consejos obreros (soviets) en las fábricas. El régimen autocrático se
impuso con represión sangrienta y concediendo un parlamento muy limitado (Duma).
La Gran Guerra (la primera entre países imperialistas por el reparto del mundo) agravó la situación social:
millones de soldados murieron, mal armados y alimentados. Los gastos militares acentuaron la miseria.
En Febrero de 1917 estallaron movilizaciones -fogoneadas por las obreras- en San Petesburgo
(Petrogrado) y huelgas por el fin de la guerra, contra el hambre y el zar. El ejército se dividió, resurgieron
los soviets de 1905. Y cayó la autocracia, conquistándose amplias libertades democráticas.
La Duma asume y nombra un gobierno provisional de dirigentes de la pequeña burguesía -con peso en el
campesinado y mayoría en los soviets obreros- y un sector minoritario de la burguesa. Esta democracia
parlamentaria no resolvió las banderas de la revolución: «Paz, pan y tierra».
Los socialdemócratas mencheviques estaban con el gobierno provisional argumentando que había que
apoyar la revolución liberal burguesa y desarrollar el capitalismo ruso antes de plantearse un gobierno
obrero socialista. Los bolcheviques, en cambio, con Lenin y Trotsky, planteaban la necesidad de tomar el
poder con la clase obrera en alianza con el campesinado pobre, para poner fin a la guerra interimperialista,
nacionalizar sin pago la tierra para la reforma agraria y establecer el control obrero de las fábricas hasta
expropiar a la burguesía para iniciar la transición al socialismo, extendiendo la revolución a Alemania y
demás países europeos, más desarrollados. Entonces nada de «apoyo crítico» -como hizo Stalin- al
gobierno burgués, sino preparar su derrocamiento, ganando la mayoría en los soviets. No había
reunificación posible con los mencheviques en un partido común socialdemócrata.
Luego de derrotar un intento de golpe militar contra el gobierno provisional -para liquidar los soviets-, los
bolcheviques ganaron su mayoría en Petrogrado y Moscú. Y tomaron el poder con una insurrección en
Octubre. Aplicaron su programa convocando a hacer un nuevo partido mundial de la revolución socialista,
la Internacional Comunista. Porque la socialdemocracia apoyaba a los gobiernos patronales.
Catorce ejércitos invadieron Rusia en apoyo a los capitalistas, para reeditar la masacre de la Comuna de
París de 1871, cuando dos meses los obreros gobernaron. El Ejército Rojo bolchevique venció al Ejército
Blanco. Pero la derrota de la revolución en Alemania -que dejó aislada a la Rusia soviética- y la casi
disolución de la clase obrera en tres años de guerra civil, facilitó que la dirigencia encabezada por Stalin
anulara -con persecuciones y asesinatos de opositores como Trotsky- la democracia de los soviets y del
partido bolchevique, para administrar el país obrero (sin burguesía) privilegiando el bienestar de sus
funcionarios. Acordó una «coexistencia pacífica» -garantizada con la disolución de la Internacional, para
frenar revoluciones- con las potencias imperialistas que dominan la economía mundial. Y que, de la mano
de esta burocracia semejante a la sindical, terminaron restaurando el capitalismo.
Aún así, con la expropiación revolucionaria de la burguesía, la estatización del comercio exterior y la
planificación, la clase obrera logró -con un crecimiento económico de décadas- conquistas sociales
superiores a la de los países capitalistas: trabajo y salario monetario y social asegurados, sin atroces
ritmos de producción.
Pero no se puede llegar al socialismo conciliando con la burguesía y el imperialismo, sin democracia
obrera. Al contrario, retrocederemos.
Por eso, debemos construir un partido como el de los bolcheviques dirigidos por Lenin y Trotsky.