El 30 de diciembre de 2004, murieron 194 personas y hubo 1.400 heridos en un festival realizado en un boliche con capacidad para 1.000 personas, pero con 3.500 asistentes. Las familias de las víctimas, junto con sus amigos y el pueblo en general, han luchado incansablemente para que los responsables fueran juzgados y para que las víctimas recibieran la atención médica y psicológica que merecen.
Esa lucha continúa. El dueño del boliche fue condenado, pero el intendente, aunque destituido en un juicio político, no terminó preso, y se reveló una red de complicidad que involucraba a inspectores, policías, bomberos y al propio intendente, amigo del dueño. Todo ello refleja un entramado de corrupción impulsado por la búsqueda de ganancias, un sistema que lleva por nombre capitalismo, y contra el cual han peleado durante más de 21 años las familias de las víctimas, sus allegados y la sociedad en general.
A pesar del tiempo transcurrido, el acompañamiento psicológico y la atención médica siguen siendo insuficientes, y las demandas de las familias no han sido cumplidas. Exigen la expropiación del predio para mantener viva la memoria, pero ningún gobierno cumplió. Esta dilación muestra cómo el capitalismo antepone las ganancias a la vida y a la memoria de los jóvenes.
Cromañón se ha convertido en un símbolo de resistencia contra quienes buscan ocultar sus propios crímenes.
Debe quedar claro: no se trata de desidia ni abandono, sino de un sistema que pone en jaque a la juventud expuesta a condiciones laborales cada vez más precarias, a ingresos miserables, al deterioro de la salud y educación públicas estatales, para favorecer la ganancia capitalista, para hacer negocios de cada necesidad en lugar de garantizar derechos.